Nunca he estado de acuerdo con utilizar otro nombre para llamar a las personas que no sea el suyo, especialmente si son insultos. Nunca me ha fascinado la idea de darles un giro de amor a las palabras que originalmente fueron peyorativas para llamar, aunque sea con el alma, a otra persona. Gorda, negra, vieja, enana, son palabras que además de ser poco estéticas y tener poca compatibilidad armónica rescatan un significado negativo para arraigarlo a una persona. Para llamar a un ser conciente que seguramente se caracterizará siempre por miles de cualidades y defectos distintos que se reducen siempre a una sola palabra cuando la llamamos así.
Tampoco me gustan los apodos positivos, por más cariño que le pongamos a la pronunciación de cada sílaba. Amor, bebé, roro, muñeca, las considero palabras altisonantes. Porque para llamar con amor a una persona basta con pronunciar su nombre.
El amor que tengas se verá reflejado al pronunciar ese nombre que escogieron sus padres, sus amigos o por voluntad propia. Ese nombre que ha portado con orgullo, amor y fuerza durante sus inviernos y veranos. Ese nombre que basta con ver su sílaba en alguna parte para que se te ponga la piel chinita al recordarlo. Esa letra que buscas al quitar el fierrito de las latas de refresco. Ese número específico de sílabas que hace la diferencia en un poema o una canción que lo pronuncie. Ese número de letras que nunca evitarás al escribir un mensaje de texto o una publicación de 140 caracteres.