Blog para aprender a ser humano.

Aquí guardaré las anécdotas, recuerdos y pensamientos que normalmente sólo guardo en mi cabeza. Para ser humano hay que comunicarse y estos serán mis (chuecos) primero pasos.

Sororidad Insólita

Hoy en el taxi se subió una señora de 62 años con una voz, plática y opiniones muy fuertes. Preguntó si podía pagar diez pesos ya que el camión no les hace la parada a los que sabe que pagarán con tarjeta de descuento, el conductor dijo que sí. La mujer expresaba su postura ante el mal manejo del transporte azul y blanco, acto seguido el conductor comenzó a agredir de forma según él "chusca" la validez de su postura con la clara intención de hacerla callar, a lo que la mujer respondió con otras bromas sin dejarse invisibilizar.
     Este intercambio de chistes y refranes a todo volumen mantuvo al resto de los transeúntes bastante entretenidos intercambiando miradas y risas. Yo bajé mis audífonos en solidaridad con la mujer. Asentía ante cada ademán que parecía solicitar apoyo a sus respuestas de que ella estaba totalmente capacitada, tenía total derecho de hacer sus propios juicios y tener sus propias opiniones.
     Por un momento me preocupó mucho que otras personas coincidieran con el conductor, pero me quedó el grato recuerdo de haber participado dándole un comentario positivo a la mujer, que otra transeúnte le pagó su pasaje, otra más le deseó muy buen día y al final la mujer bajó bastante contenta.
     Aún falta muchísimo camino por recorrer, pero me alegra ver que cada vez más mujeres tienen herramientas para sobrevivir estas agresiones en los espacios públicos y lo bonito que es encontrar sororidad en los momentos más insólitos.
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Un sueño

    Cuando los sensibles aman, andan de nube en nube desde la fila del banco hasta el mandado. Cuando los sensibles sufren, aterrizan estrepitosos por ladera de volcán hasta el fondo del mar. Las fibras de tener el alma en carne viva llegan hasta los sueños. No he escrito las pesadillas que no quiero que sean nombradas. Me podría inspirar en narraciones lovecraftianas, pero mi memoria ya me ha traicionado borrando los relatos oscuros de estas épocas.
   Sin embargo, ayer fui testigo de un nuevo sueño por el cual me pregunto si no existirán los sueños premonitorios.
   Esta vez estaba en el trabajo, salí para tomar un breve descanso. Como la vida se va esfumando entre las incipientes manecillas de los relojes cotidianos, uno camina a paso lento cuando se enfrenta a la pesada bruma del tiempo sumergido en hojas, solicitudes, cafés guajiros y sueños fríos; solamente se divisa un futuro en escala de grises como las hojas de exámenes.
   Es así como andaba hacia el único respiro de media tarde, bajo unos árboles frondosos que crecen rebeldes ante la urbe impuesta, alumbran la rutina del que camina sin ver al cielo. Entonces me detengo, me llama la brisa que acaricia las hojas de estos árboles amigos con sedosas ondas de nubes cobrizas y rosas, nubes sigilosas que susurran en su propia lengua ininteligible, dan a entender que a pesar de que el humano dé su último aliento la vida milenaria del mundo no cesará ni por un minuto, ni por un silencio, que a pesar de las preocupaciones superfluas del adulto moderno todo estará bien al final.
   Ah, un suspiro que viene y va.
   En eso te miro a la vuelta de la tienda donde planeaba buscar algún dulce. Me saludaste y te fuiste a paso sigiloso, detrás de ti, mi suspiro. Tenía que seguirte para recuperarlo. Caminamos por la tienda de varios pisos, subimos al segundo donde había un balcón estrecho desde el cual se veía un cielo pastel, me platicabas lo de siempre. La tarde estaba muy tranquila y un vientecito acariciaba nuestras nucas.
   De pronto,
   tu mano era el viento en mi cabello y en otro segundo tu boca sobre mi boca pronunciaba las mismas palabras que escribías hace tiempo. Y caímos en un beso tan dulce, un respiro envuelto en los colores de un atardecer de algodón de azúcar que nos suspendieron de una rutina entre edificios y cenizas de ciudad. Cuando mi boca y tu boca se hablaban, no había interrupciones, ni dudas, ni traiciones. Tu boca dibujaba el saber del que no sé nada y mi boca desdibujaba temblorosa una libertad ingenua.
   Un segundo después se escucharon pasos a lo lejos y nos separamos dudosos, entonces comenzamos a caminar de vuelta a las oficinas. Para los edificios, acostumbrados a ver desfilar hombres grises, no había pasado nada, atestiguaron un secreto improvisado muy humano.
   El edificio en que trabajábamos parecía uno histórico, las escaleras se encaminaban de forma rústica y con barandales tallados en madera. Me recordaban mucho a las construcciones viejas que marcaron el pasado de nuestros ancestros, igual de humanos que nosotros.
    En uno de esos descansos había una puertita de madera que daba a una pequeña habitación con vitrales, no sé qué habría en el aire, ni por qué, ni cómo, pero una vez adentro sus colores vivos retrataron un arrebato impremeditado de caricias que, fugaces, se esfumaban en el aire. En ese abrazo pausado no había tiempo, ni hojas, ni exámenes grises. Sólo se respiraban los colores cálidos de los vitrales mudos y la ruta de exploración que sigilosas recorrían unas manos tímidas.
   Entonces desperté.
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No me gustan los apodos

Nunca he estado de acuerdo con utilizar otro nombre para llamar a las personas que no sea el suyo, especialmente si son insultos. Nunca me ha fascinado la idea de darles un giro de amor a las palabras que originalmente fueron peyorativas para llamar, aunque sea con el alma, a otra persona. Gorda, negra, vieja, enana, son palabras que además de ser poco estéticas y tener poca compatibilidad armónica rescatan un significado negativo para arraigarlo a una persona. Para llamar a un ser conciente que seguramente se caracterizará siempre por miles de cualidades y defectos distintos que se reducen siempre a una sola palabra cuando la llamamos así.

Tampoco me gustan los apodos positivos, por más cariño que le pongamos a la pronunciación de cada sílaba. Amor, bebé, roro, muñeca, las considero palabras altisonantes. Porque para llamar con amor a una persona basta con pronunciar su nombre.

El amor que tengas se verá reflejado al pronunciar ese nombre que escogieron sus padres, sus amigos o por voluntad propia. Ese nombre que ha portado con orgullo, amor y fuerza durante sus inviernos y veranos. Ese nombre que basta con ver su sílaba en alguna parte para que se te ponga la piel chinita al recordarlo. Esa letra que buscas al quitar el fierrito de las latas de refresco. Ese número específico de sílabas que hace la diferencia en un poema o una canción que lo pronuncie. Ese número de letras que nunca evitarás al escribir un mensaje de texto o una publicación de 140 caracteres.

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Yo no quiero blog

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar" dice Antonio Machado y canta Joan Manuel Serrat. Alguna vez nos ha tocado ver el camino por venir borroso, cuando se divide, se tuerce, se diluye, se mece. En mi corta vida de apenas 22 otoños me he encontrado con varias de estas situaciones. ¿Y qué es lo que pasa?: el fallo. Admito no ser buena en nada, pero me he dado cuenta que echándole ganas todo se puede. Al seguir caminando se irá haciendo el camino.

Mi principal problema es la escritura, esa comunicación que construye un puente indestructible entre el emisor y el receptor, soy malísima. Más de una vez he escrito o dicho historias que se tergiversan al momento de enredarse en mi boca y simplemente escupo palabras sin coherencia condimentadas con muchos silencios incómodos. A la hora de escribir me he topado con que la estructura falla, tengo la idea en la mente, pero no puedo plasmarla en la tinta digital. Consultando a mi psicólogo de cabecera, mi hermano, me comentó que una forma de empezar a trabajar con ese problema es trabajando. Escribir por escribir, desenfundar las ideas en algún lugar donde basta que alguien me lea.

Así es como nace este pequeño espacio donde iré publicando un collage de trivialidades, temas absurdos, momentos de mi vida diaria, ideas tanto insípidas como enamoradas. Publicaré los temas que se me ocurran, o me convenzan de algún comentario. Siéntase libre, lector, de pasearse y leer o ignorar lo que usted guste. Está usted en su casa.

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