Un sueño

    Cuando los sensibles aman, andan de nube en nube desde la fila del banco hasta el mandado. Cuando los sensibles sufren, aterrizan estrepitosos por ladera de volcán hasta el fondo del mar. Las fibras de tener el alma en carne viva llegan hasta los sueños. No he escrito las pesadillas que no quiero que sean nombradas. Me podría inspirar en narraciones lovecraftianas, pero mi memoria ya me ha traicionado borrando los relatos oscuros de estas épocas.
   Sin embargo, ayer fui testigo de un nuevo sueño por el cual me pregunto si no existirán los sueños premonitorios.
   Esta vez estaba en el trabajo, salí para tomar un breve descanso. Como la vida se va esfumando entre las incipientes manecillas de los relojes cotidianos, uno camina a paso lento cuando se enfrenta a la pesada bruma del tiempo sumergido en hojas, solicitudes, cafés guajiros y sueños fríos; solamente se divisa un futuro en escala de grises como las hojas de exámenes.
   Es así como andaba hacia el único respiro de media tarde, bajo unos árboles frondosos que crecen rebeldes ante la urbe impuesta, alumbran la rutina del que camina sin ver al cielo. Entonces me detengo, me llama la brisa que acaricia las hojas de estos árboles amigos con sedosas ondas de nubes cobrizas y rosas, nubes sigilosas que susurran en su propia lengua ininteligible, dan a entender que a pesar de que el humano dé su último aliento la vida milenaria del mundo no cesará ni por un minuto, ni por un silencio, que a pesar de las preocupaciones superfluas del adulto moderno todo estará bien al final.
   Ah, un suspiro que viene y va.
   En eso te miro a la vuelta de la tienda donde planeaba buscar algún dulce. Me saludaste y te fuiste a paso sigiloso, detrás de ti, mi suspiro. Tenía que seguirte para recuperarlo. Caminamos por la tienda de varios pisos, subimos al segundo donde había un balcón estrecho desde el cual se veía un cielo pastel, me platicabas lo de siempre. La tarde estaba muy tranquila y un vientecito acariciaba nuestras nucas.
   De pronto,
   tu mano era el viento en mi cabello y en otro segundo tu boca sobre mi boca pronunciaba las mismas palabras que escribías hace tiempo. Y caímos en un beso tan dulce, un respiro envuelto en los colores de un atardecer de algodón de azúcar que nos suspendieron de una rutina entre edificios y cenizas de ciudad. Cuando mi boca y tu boca se hablaban, no había interrupciones, ni dudas, ni traiciones. Tu boca dibujaba el saber del que no sé nada y mi boca desdibujaba temblorosa una libertad ingenua.
   Un segundo después se escucharon pasos a lo lejos y nos separamos dudosos, entonces comenzamos a caminar de vuelta a las oficinas. Para los edificios, acostumbrados a ver desfilar hombres grises, no había pasado nada, atestiguaron un secreto improvisado muy humano.
   El edificio en que trabajábamos parecía uno histórico, las escaleras se encaminaban de forma rústica y con barandales tallados en madera. Me recordaban mucho a las construcciones viejas que marcaron el pasado de nuestros ancestros, igual de humanos que nosotros.
    En uno de esos descansos había una puertita de madera que daba a una pequeña habitación con vitrales, no sé qué habría en el aire, ni por qué, ni cómo, pero una vez adentro sus colores vivos retrataron un arrebato impremeditado de caricias que, fugaces, se esfumaban en el aire. En ese abrazo pausado no había tiempo, ni hojas, ni exámenes grises. Sólo se respiraban los colores cálidos de los vitrales mudos y la ruta de exploración que sigilosas recorrían unas manos tímidas.
   Entonces desperté.

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